26 nov. 2009

“Los Mártires”

Desde que vivo en la Isla de Margarita me gusta mucho realizar pequeños viajes a la ciudad de Juan Griego en el norte de la entidad insular, es un verdadero placer toparse con pueblitos coloridos en la vía, tales como Tacarigua con sus casas con tonalidades pastel y su iglesia (Parroquia Sagrado Corazón de Jesus), la cual parece sacada de un cuento infantil por sus dimensiones. Luego en la vía está Santa Ana del Norte, al igual que Tacarigua cuenta con coloridas casas y con una gran importancia histórica gracias a la visita de Bolívar y su posterior reconocimiento como Jefe Supremo de La República y de sus Ejércitos en la iglesia de dicho pueblo.
Juan Griego es una pequeña ciudad, cargada de historia, su nombre se lo debe a uno de los primeros colonos que pobló estas tierras insulares. Se trata de Juan El Griego, un sevillano que aproximadamente en el año 1545 se dedicaba a comerciar indios Guaiqueríes como esclavos y llevarlos hasta Santo Domingo (en la actual República Dominicana) actividad muy rentable en ese entonces.
Esta hermosa bahía mantuvo su característica quietud durante muchos años, solamente perturbada por uno que otro pirata, los cuales desembarcaban en sus mansas aguas para hacer de las suyas. Sin embargo la ciudad de Juan Griego adquirió su protagonismo histórico muchos años después, exactamente en la gesta emancipadora de Venezuela.
La Isla de Margarita fue una de las primeras provincias en sumarse a la independencia de España en el año de 1810 y al ser Juan Griego uno de sus principales puertos, se convirtió rápidamente en una localidad estratégica para la causa Patriota, sirviéndole de refugio a los oficiales y tropas e incluso a Bolívar quien llegó a la Isla luego de regresar de su exilio en Haití en 1817. En sus alrededores El Libertador trazaría estrategias para lograr la emancipación definitiva del país. Razones éstas, suficientes para ameritar la construcción de una instalación militar que resguardase tan importante bahía. Así se decidió construir el Fortín Libertad, en el sector La Galera, convirtiéndose en poco tiempo en principal protagonista de muchas escaramuzas sangrientas, siendo la más famosa: “La Batalla de Juan Griego”, la cual se llevó a cabo el día que el General Español Pablo Morillo, siguiendo órdenes reales, decide retomar la provincia insular y para tal fin busca asfixiar a la ciudad de La Asunción, principal bastión Patriota en Margarita, tomando los puertos que la abastecían. Las tropas libertadoras al verse asediados deciden volar dicho fortín y retirarse para reorganizar la resistencia, al hacerlo a través de la hermosa laguna ubicada junto a esta fortificación militar, fueron emboscados y masacrados gran parte de ellos, razón por la cual dicha laguna fue bautizada con el nombre de “Los Mártires”.
Dice el mito popular que ese día sus aguas se tiñeron de rojo por la sangre de sus valientes guerreros, y que con regularidad retoman dicha coloración. Aparentemente en el fondo de esta laguna, existe un tipo de vegetación que coincidencialmente en cierta época del año adquiere un tono cobrizo que permite crear una apariencia granate a sus quietas aguas.
En la actualidad es posible visitar El Fortín Libertad, ya que fue reconstruido años atrás y disfrutar de una vista excepcional tanto de la hermosa bahía y sus famosos atardeceres, así como de La Laguna de Los Mártires.
Les recomiendo permitirle a alguno de los niños lugareños que les ofrezcan la explicación y su particular versión histórica de los hechos antes relatados, lo disfrutarán mucho, aunque dudo que lo logren entender debido a lo rápido de su exposición.
Saludos
JCT

4 nov. 2009

“El Amor en Tiempos de Conquista”

Maracaibo es una ciudad llena de historias y de detalles fascinantes, al recorrerla uno consigue personajes y relatos cargados de realismo mágico (como un buen libro de García Márquez).
La primera vez que pisé Tierra Marabina tomé un taxi y le dije al conductor que era fotógrafo y que deseaba conocer los sitios interesantes de la ciudad, el taxista se llenó de emoción y con su clásico acento “cantadito” me dijo: “Mirá, voz te habéis encontrado con el mejor guía turístico de mi amada Maracaibo, preparáte porque lo voy a llevar a todos los lugares de mi tierra”, luego se bajó del carro y quitó el aviso “Libre” del techo del vehículo.
Comenzamos nuestra gira visitando lugares pintorescos como el Barrio Santa Lucía mejor conocido como “El Empedrao”, cuna del género musical llamado Gaita.Después visitamos una casa muy peculiar en la Urbanización La Estrella, la llaman la Casa Barco, pues su dueño quiso recrear una embarcación en su hogar, y sí que lo logró. Luego pasamos por la Avenida El Milagro Norte y transitamos junto a una escultura hecha por un artista anónimo en el corte de terreno realizado por el dragado a las aguas del Lago de Maracaibo, se trata de unos rostros enormes de tres famosos zulianos (Maracaibo es la capital del Estado Zulia, Venezuela); dos de ellos poetas y otro, héroe de la independencia, me llamó mucho la atención debido a su parecido con el Cerro Rushmore ubicado en Dakota del Sur, E.U.A.
Seguimos con nuestro paseo y llegamos al templo de la Virgen de La Chiquinquirá, cuya belleza y energía devocional me deslumbraron,luego fuimos al Boulevard Baralt y me mostró la Iglesia llamada “El Convento”, cuyo campanario fue hecho tan improvisadamente que sus constructores al darse cuenta que estaba torcido, lo trataron de enderezar posteriormente, quedando en la actualidad una leve torcedura que es un poco difícil de apreciar. Capté con mi cámara esa rareza (estando en Caracas, me di cuenta que el ángulo que escogí para la foto había sido usado por otro fotógrafo 80 años atrás, y aparecía en un libro que estaba hojeando en ese momento).
Seguimos durante el día, recorriendo lugares como el Teatro Baralt (donde se realizó la primera proyección cinematográfica en Venezuela), El Palacio de Las Águilas (sede del Gobierno Estadal), El Museo Urdaneta (antigua casa del gran héroe de la Independencia), entre otros fabulosos lugares. Mientras hacíamos el trayecto, el taxista me narraba historias maravillosas como la de la Heroína Ana María Campos, la cuál en plena gesta emancipadora fue conducida por las calles de Maracaibo montada en un burro, semidesnuda y soportando los latigazos de su verdugo simplemente por creer en ideas de libertad.
Así transcurría el día, el chofer desempolvando historias en cada esquina como enciclopedia viviente de la zulianidad y yo documentándolo con mis fotografías, pero hubo un lugar y un relato en particular que me conmovió: “La Historia de La India Isabel”. Alonso de Ojeda fue un conquistador español, el cuál acompañó a Cristóbal Colón en su segundo viaje para luego realizar por su cuenta varias exploraciones y expediciones (con la venia de los Reyes de Castilla), entre las cuales estuvo el descubrimiento de El Lago de Maracaibo y El Golfo de Venezuela, el nombre de este último se deriva de la apreciación de un compañero de aventuras de Ojeda: Américo Vespucio, quien junto a él al observar las casas de los indios sobre el agua (palafitos), exclamó “la pequeña Venecia” por recordarle su natal ciudad en Italia, quedando para la posteridad este sustantivo como nombre propio para la incipiente nación (Venezuela). En ese tiempo, Alonso de Ojeda desposó a una hermosa india, hija de un cacique de la región de Coquivacoa, bautizada con el nombre de Isabel. Con ella procreó 3 hijos, convirtiéndose éstos, en los primeros mestizajes documentados en Venezuela y élla en la primera venezolana en las cortes europeas, debido a que al poco tiempo de casarse, Ojeda se la llevó a España para establecer allí a su familia.
Después de unos años y de muchas aventuras, Alonso de Ojeda decide retirarse apesadumbrado por los últimos fracasos de sus expediciones, en la ciudad de Santo Domingo, (hoy capital de la República Dominicana) y en ), donde encontró la muerte a consecuencia de las heridas sufridas en sus expediciones. Él pidió en su testamento ser enterrado bajo la puerta del Monasterio de San Francisco, para que su tumba fuese pisada por todos aquellos que visitaran la iglesia, como castigo a su fracaso en las últimas expediciones comandadas por él. Al poco tiempo fue hallado el cuerpo sin vida de Isabel, sobre la tumba de su amado, muriendo de tristeza y seguramente de inanición.
La tumba de Ojeda desapareció al igual que el Monasterio, el cual fue destruido en el tránscurso de una guerra civil en República Dominicana en 1965.
En el Sector Valle Frío de Maracaibo existe una plaza donde se recrea este suceso (la muerte de Isabel sobre la tumba de Ojeda) con gran dramatismo. Además de ser un homenaje al conquistador español y al Lago de Maracaibo debido a que se construyó para celebrar un aniversario más del descubrimiento de este último. ( la Plaza Alonso de Ojeda es un mirador donde se aprecia además de la ciudad, el grandioso lago).Estuardo Nuñez en su libro “Viajeros Hispanoamericanos” recoge este suceso histórico de esta manera: “…Cuando fallece Ojeda, la india Isabel como las legendarias princesas castellanas, también muere de amor. Abrazada a la tumba del esposo dicen que la encontraron. Como una flor suicida en silencio, entregando su amor viudo. Agotando su lumbre. Su fervoroso polen. Su incensario ritual…”
Saludos
Juan Carlos Trujillo M.

1 nov. 2009

"Nuestra Esencia"

Cuando se visita una playa o vives cerca del mar, es indudable que se producen en el cuerpo y la mente varias sensaciones al observar a esta generosa, majestuosa, grandiosa y hermosa masa de agua.Las mismas van desde la relajación hasta la admiración, desde el amor hasta el miedo; pero el ser humano suele por instantes, olvidar la existencia de lo que se escapa a su vista, aunque sepa de su presencia, si no lo ve en el momento, lo olvida. Por ejemplo, en la antigüedad creían que el mundo era plano porque simplemente sus ojos no veían mas allá del horizonte, incluso combatían ferozmente a las personas que se atrevieran a contradecir esta teoría, debido a la comodidad innata por lo conocido (menos mal que existen siempre personas que se atreven a aventurarse a derrumbar paradigmas como Colón y Galileo, entre otros).

Es por eso que cuando uno observa el mar, simplemente se deleita con sus olas, con sus aguas como espejos del cielo, con su olor, su color y hasta con las aves que de él se alimentan, pero nunca esperamos que nosotros mismos seamos observados y hasta vigilados por los habitantes de esa otra dimensión, de ese otro mundo que yace bajo las salobres aguas se ese coloso.
Una vez estuve en las hermosas playas de la Riviera Maya en la Península de Yucatán, México, al atardecer aproveché para meditar, hacer un poco de introspección mientras las olas me acariciaban los pies y borraban mis pasos en la arena. De vez en cuando, hacía una pausa para captar con mi cámara algún detalle de tan paradisíaco escenario, de repente, me encontré un muelle de madera muy bonito y quise conocerlo, al andar por el entablado camino, observé el agua cristalina y de pronto emergió de allí un gran pez como de 30 cm de largo (un Pez Cerdo Azul), con un nadar sereno, se viró y me observó con una mirada penetrante que proyectaba paz, al ver esta rareza me sentí embelesado y alisté cámara para captar rápido el momento, debido a que es muy raro poder ver a un pez virarse de esa manera para observarte. Apreté el obturador sin ver incluso por el visor (por motivo de tiempo), razón por la cual el enfoque no fue el mejor, enseguida, el curioso pez que salió a observar quien estaba perturbando la paz de su vivienda (vivía debajo del muelle), se viró de nuevo y lentamente se ocultó. Me puse de rodillas y lo busqué debajo del muelle, pero fue inútil, él sabia como vigilarme sin que yo lo pudiera ver.
Impresionado todavía por la experiencia, seguí con mi curiosidad caminando por el entablado, atento ante cualquier novedad y tratando de encontrar dicho pez, porque sentía que me debía mejor toma, pero al final del muelle encontré a un grupo de turistas disfrutando de una interacción con otros peces, los cuales estaban tan adaptados a los hombres que además de pedirles comida (como si fueran palomas en una plaza), permitían el placer de nadar junto a ellos, razón por la cual no lo pensé dos veces y dejé mis pertenencias en buen resguardo, me agarré fuerte de una soga y me lancé al mar. La soga permitía que no me llevara la fuerte corriente, mientras estaba rodeado de estos habitantes del mar de apariencia multicolor, los cuales confundían los vellos de mi pecho con pequeños peces o lombrices y me provocaban cosquillas, mientras extasiado los observaba y hasta pude tocarlos.
Luego, al día siguiente, con un grupo de amigos decidimos salir de las confortables instalaciones del hotel y caminar un poco en los alrededores, entramos en una pequeña y humilde tienda de unos lugareños descendientes de la Cultura Maya, los cuales muy gentilmente nos recomendaron un parque con unas cuevas subterráneas que estaban muy cerca de ahí. Salimos en su búsqueda, no sin antes escuchar la historia de las mismas. Para la antigua civilización Maya estas cavernas inundadas por un río subterráneo eran sagradas, debido a que creían que en su interior yacía “El Inframundo” una suerte de infierno, de hecho, hacían rituales con sacrificios humanos y arrojaban cadáveres al fondo de los mismos, además de ofrendas para sus deidades.
Cenotes o en Maya: Ts'ono'ot, son una cadena de cavernas inundadas comunicadas entre sí subterráneamente que terminan en el Mar Caribe, ubicadas en la Península de Yucatán, México, es así su nombre y definición exacta. Actualmente son un atractivo turístico de la zona y sobre todo como parte de las instalaciones naturales de los principales parques temáticos de La Riviera Maya.
Luego de escuchar a nuestros guías improvisados, caminamos y llegamos al encuentro de estos cenotes, los cuales eran de uso público, y luego de tomar unas cuantas fotografías de sus espacios, sus juegos de luz, sus aguas verdes como esmeraldas, los agujeros en el techo de sus cuevas; me introduje por las profundidades de sus cámaras inundadas y atestadas de pequeños peces, llegué hasta donde el sol y mis pulmones me lo permitieron, pero pude sentir y constatar todo el misterio y la poderosa energía dentro de esas profundidades.
Luego al salir de lo más profundo, seguimos disfrutando de una suerte de piscina natural durante el resto del día, mientras algunos se lanzaban clavados, los peces nos rodeaban y hacían de las suyas con los vellos de nuestros cuerpos. Salimos del lugar complacidos con la experiencia y deseosos de repetirla.
Es tan importante tener un contacto directo con la naturaleza, los seres humanos creamos ciudades las cuales nos aíslan casi por completo de los “peligros“ del medio ambiente, pero a la vez no nos permiten crecer nutriéndonos de esa sana interacción. Busquemos este sano contacto, reconciliémonos con nuestro medio ambiente, no olvidemos de donde son nuestras raíces, de donde nace nuestra esencia.