31 ene. 2010

"Caja de Pandora"


A veces, donde menos lo pensamos, encontramos “Cajas de Pandora” con historias sorprendentes que nos emocionan y nos cautivan, aún más cuando parte de éstas tienen como protagonistas a nuestros antepasados.
De niños solemos escuchar los cuentos de los viejos, pero que poco valor le damos (claro, para un niño y su corta existencia lo importante es el presente y en ocasiones, ese futuro cercano que luce como interesante vía de acceso a cosas que la minoría de edad no le permite). Pero al crecer y encontrarnos con lugares históricos (no sólo para un país, sino para una familia) nos embarga a muchos la curiosidad y el hambre por escuchar de nuevo esas historias, aunque algunos de los protagonistas o relatores ya no estén con nosotros. Es por eso que ahora, ya de adulto, siento en ocasiones, llegar a mi mente imágenes de un pasado que no viví, que sólo puedo crear en mi imaginación, con datos históricos recopilados a través de mi vida. Sobretodo al encontrarme con lugares donde vivieron mis antepasados, es ahí precisamente cuando juego a desandar los pasos de mis abuelos, padres y familiares, como si de una “Realidad Virtual” se tratara. Los veo en su cotidianidad, con sus problemas y alegrías, con sus limitaciones y sus conquistas, con sus rutinas de otras épocas, donde muchas cosas que hoy nos parecen normales y habituales, simplemente no existían.
En el año 2003, tuve la experiencia de ir a conocer un famoso club de golf en las afueras de Caracas, (muy cerca de la ciudad de Guarenas) debido a un levantamiento fotográfico que me solicitaron, para un posterior evento a realizarse en dichas instalaciones. El nombre de dicho club es “Izcaragua” palabra aborigen que significa “Tierra donde Abunda el Agua”, debido a los 14 ríos que se encuentran cercanos, incluyendo el propio Rio Izcaragua que atraviesa el club desde la parte alta, hasta la entrada. En estos terrenos funcionó en el siglo XVIII una hacienda de café, propiedad de la Compañía Guipuzcoana (monopolizadora del comercio), en plena época colonial y del cual sólo queda como evidencia una antigua casona con un trapiche y su respectivo patio de secado, totalmente reconstruidos y remozados, el cual hoy en día es utilizado para grandes eventos y recepciones.
Con los vaivenes del tiempo, la Hacienda Izcaragua pasó por manos de muchos propietarios antes de convertirse en un club privado, siendo uno de los últimos mi abuelo Gonzalo Trujillo.
Durante unos años (finales de los años 30 y principios de los 40 del siglo XX) mis abuelos, mi padre y sus hermanos hicieron vida hogareña en esta antigua casa y se dedicaron al cultivo del café, hasta que los precios de este grano bajaron vertiginosamente en los mercados internacionales, consecuencia de la guerra en Europa, lo cual llevó a mi abuelo a la penosa decisión de vender su hacienda.

Al llegar a las modernas instalaciones del actual club, recordé muchas de las historias narradas por mi padre acerca de su infancia, las cuales pasaron muchas veces desapercibidas ante mis oídos. Es así, que después de cumplir con mi trabajo, le pedí al Gerente del Club (luego de identificarme como nieto de un antiguo dueño) que me permitiera acceder a la vieja casona y éste muy gentilmente se explayó en atenciones, invitándome incluso a un área muy restringida de dicha histórica edificación, llamada “La Habitación de Los Dueños” donde se exhibe una galería fotográfica de muchos de los antiguos propietarios de la hacienda y en donde el Gerente amablemente mostró la ubicación del retrato de mi Abuelo, y sorpresivamente descubrí que mi Padre también formaba parte de dicha galería. En ese momento me invadió una nostalgia muy grande, recordé una de las historias de mi Padre en el que me contaba que tuvo la oportunidad de visitar dicho cuarto a mediados de los años 80, acompañado de mi Abuela, en ocasión de la celebración de un matrimonio al cual asistían como invitados, y tuvieron la grata experiencia de contemplar dicha galería. Recordé igualmente sus palabras al decirme que el cuarto antes mencionado, era la habitación principal que compartían mis Abuelos. Así fueron apareciendo recuerdos de sus historias de sobremesa acerca de sus años de infancia junto a sus hermanos, viviendo en libertad, bañándose en el rio que cruza estas fértiles tierras, pescando en sus aguas, cazando lagartijas y Tortolitas, disfrutando de la naturaleza totalmente virgen y espléndida.
El Gerente del Club al ver mi rostro supo interpretar mi silencio y me dejó a solas para que contemplara cada rincón de la otrora casa de mi Padre. A partir de ahí tomé mi cámara y capturé cada rincón, cada sombra, cada teja, cada adoquín, respiré el aroma de la madera y de la caña amarga de sus pasillos,
disfruté de sus techos altos, de sus largos corredores con sus columnas panzonas, su amplio patio, su trapiche, su entrada al antiguo potrero, y su hermosa capilla donde seguramente enseñaron a rezar a mi Padre y a mis tíos.
Me los imaginé a todos los miembros de ese hogar, a los niños retozando bajo la mirada supervisora de mi Abuela y su fiel perro, me imaginé a mi Abuelo dirigiendo su negocio y sintiendo las vicisitudes de un mercado deprimido, imaginé el sonido del trapiche y de las carretas, el olor del café aún sin tostar.Al salir de la casa colonial recorrí lo que hoy son campos de golf y que antes solían ser cafetales, busqué con mi cámara indicios de ese pasado agrario, lo único que conseguí fueron grandes árboles con flores rojas y enseguida recordé lo que mi mi Padre aprendió de su Padre: “Los Árboles Bucares se visten de hojas en la época del año cuando las plantas de café necesitan sombra y se desnudan cuando dichas plantas necesitan Sol”, es por eso que estos hermosos, majestuosos y centenarios árboles circundan todos los campos de golf en la actualidad, como testigos silentes de un pasado que no volverá pero que las imágenes permiten recrear.