8 jun. 2010

"Tesoros Inadvertidos"


Como ya lo he comentado en anteriores artículos, cada vez que conozco algún sitio, visito un lugar histórico o escucho algún relato, suelo preguntarme: ¿sabemos donde estamos parados?, la verdad es que muchas veces ni siquiera imaginamos con certeza los sucesos que han podido acontecer, incluso en nuestro propio hogar con anteriores ocupantes. Muchas personas piensan que a veces es conveniente no conocer el pasado (“ojos que no ven, corazón que no siente”), otros piensan que lo mejor es contar una versión muy “conveniente” de los sucesos de otrora. Yo comulgo, como amante de la historia que soy, con la frase de Camille Sée (Político Francés del siglo XIX): “Aquellos que no estudian su historia están condenados a repetirla”, y también me atrevería a agregar que un pueblo es capaz de mantener vivo su legado y su cultura, a través del rescate sistemático de sus tradiciones, de la lectura y de los valores que son las bases de nuestra propia evolución humana.
Vivo en un país muy joven, tanto que puede ser considerado “adolescente” (comparado con naciones hermanas con culturas ancestrales). Como bien este adjetivo lo dice, adolecemos de muchas cosas, entre las cuales está la memoria. Como muchachos quinceañeros, nuestra población ha aprendido a vivir sólo el tiempo presente, aunque muchos románticos se esmeren colocando placas y levantando estatuas celebrando hechos históricos, la verdad es que de poco sirve, cuando no existe una verdadera valoración y conocimiento de nuestro legado, y eso sólo se puede aprender tanto en casa como en la escuela. Por cierto este aprendizaje no debe ser de manera tediosa, repitiendo como máquinas, fechas y batallas, como se suele hacer en algunas instituciones educativas, sino a través de relatos recogidos por historiadores, por medio de visitas a sitios históricos y aprendiendo de las enseñanzas que han dejado las experiencias vividas por nuestros antepasados, para que de esta manera tratemos de no cometer los mismos errores.

Cuando me encuentro realizando fotografías en un lugar, me gusta conocer un poco mas de su historia, no me conformo simplemente con hacer unas capturas de alguna edificación antigua, una plaza o un monumento. La belleza no sólo está en lo que vemos, me gusta que las fotos hablen el mismo lenguaje que los cuadros, dicho idioma es interpretado de manera distinta por cada espectador.
Siempre me he sentido seducido por la curiosidad cuando descubro que un lugar guarda un secreto, el cual ha pasado inadvertido por la mayoría de los transeúntes. Éste fue el caso de mi experiencia al decidir un día tomarle una foto a una capilla muy bonita y modesta en un pueblito, el cual la modernidad lo ha forzado a borrar sus límites y fundirse en una sola metrópolis con sus pueblos cercanos. Estoy hablando de la población de Los Robles, ubicada entre Porlamar y Pampatar, las dos principales ciudades puntales de desarrollo inmobiliario y turístico de la Isla de Margarita.
Los Robles desde hace unos años se ha convertido en un lugar de tránsito para las personas que desean trasladarse entre estas dos poblaciones o bien si desean dirigirse hacia las principales playas de la Isla. Para cualquier poblador de Margarita es algo cotidiano pasar frente a su hermosa plaza (Plaza Bolívar), adornada con una escultura con la forma de “Madre Perla” con una figura femenina en su interior, la cual, en las noches se viste de agua y luces, funcionando como una hermosa fuente. Igualmente llama la atención su pequeña iglesia, cuya fachada ha sido cambiada de color varias veces en estos últimos años y cuyo diseño deja claro su legado arquitectónico colonial por su semejanza con otros templos contemporáneos tanto en la Isla de Margarita como en tierra firme (construida en el año 1750).
Todo lo narrado anteriormente describe un lugar bonito, merecedor de unas cuantas fotografías, una parada turística más (pensarán algunos), pero lo que realmente asombra y obliga a quedarse, es descubrir, tras indagar con los lugareños, la existencia, dentro de esa modesta iglesia, de dos preciados tesoros, ambos enviados especialmente por la Reina Juana La Loca (1479 / 1555) para la Isla de Margarita en el Siglo XVI.
Una campana de bronce y una imagen de la Virgen del Pilar (Patrona de Zaragoza, España) hecha en plata y oro, son resguardados con celo y con devoción desde hace más 4 siglos. Éstos auténticos tesoros y su entorno histórico son merecedores de ser mostrados y contados, para que los Margariteños y Venezolanos en general puedan sentir orgullo de su tierra, y en especial de esta Isla que para la época de la Colonia era una fuente muy importante de riquezas para la Corona Española (Perlas), además de contar con una belleza natural que cautivó al mismísimo Colón, que al descubrir sus costas, comparó su hermosura con la de la joven princesa Margarita de Austria.
Razones hay de sobra, para que esta Isla se hiciese merecedora de tan hermosos obsequios, además de la bendición implícita que significa contar con la presencia de una sacra imagen como la de Nuestra Señora del Pilar, a la cual se le rinde homenaje, fiel y contante, todos los 12 de Octubre, en las calles de este bonito pueblo llamado Los Robles.