27 may. 2011

“Nuestra Tierra a Heredar”


“Nuestra Tierra a Heredar” o “Táchira” en lengua Chibcha / Muisca (Según tesis del académico Dr. Samir Sánchez). Otra teoría sostiene que ésta palabra proviene de un vocablo de origen Timoto-Cuica (Chibcha) como una deformación del término “Tachure” con que se identifica a una planta de uso medicinal. Cualquiera que fuese el origen etimológico de la palabra, El Táchira es actualmente el nombre de un estado andino de Venezuela, con características muy particulares.

Aunque nací en Caracas, siempre he estado relacionado, directa o indirectamente con esta región. Desde mi nombre (curiosamente similar al fundador de la Ciudad de San Cristóbal: Juan de Maldonado), hasta mi niñera, la cual era Tachirense o “Gocha” como con cariño se les conoce en el resto del país; e incluso en la actualidad, mi esposa es también nacida en el Táchira.
Desde temprana edad, lo primero que me llamó la atención fue el simpático acento “cantadito” y lo formal de su lenguaje (siempre en tercera persona), muy distinto por cierto, al resto de los venezolanos, que nos caracterizamos en ser todo lo contrario, hasta pecamos de ser confianzudos con las personas que recién conocemos.
Luego con los años, con el despertar de mi curiosidad hacia la historia, me encontré con un curioso hecho: 7 Presidentes de Venezuela habían nacido en este recóndito rincón a casi 1000 km de la Capital del país.
A la edad de 12 años, aproximadamente, tuve oportunidad de conocer en persona a esta hermosa región. Realicé un viaje familiar a casa de unos primos, junto a mi madre. De esta manera pude conocer muchos de los famosos “pueblitos andinos”, que tanto me habían hablado. Me llamó la atención ver lo distinto que puede ser la gente, e incluso la naturaleza, dentro de un mismo país. Muchas veces sentí que estaba en el extranjero, incluso hasta en el idioma, porque aunque hablemos todos Castellano, algunas palabras tienen un significado distinto a los que yo aprendí en Caracas.


En esa oportunidad quede impresionado con la bellezas naturales del Táchira, sobre todo con sus páramos siempre con flores enormes y coloridas, brisas heladas, cielos “encapotaos” (mucha nubosidad) más parecido a un paraje de los Pirineos que del Caribe.
En estos recorridos por la Cordillera Andina, conocí un pueblo, enclavado entre ríos y montañas, de nombre San Pedro del Rio, un lugar donde el tiempo simplemente se detuvo.

En el preciso momento en que termina el asfalto y comienzan las calles empedradas, uno siente que está entrando en el Siglo XIX. Las casas antiguas, la soledad de sus calles, el silencio, sólo interrumpido por el zumbido del viento, las vacas Holstein, pastando en las laderas, los adoquines, la iglesia de ecléctico estilo, las muchachas con mejillas enrojecidas por el frio, escondiéndose detrás de las celosías de sus ventanas, dejando oír sus tímidas risas. Con todos estos detalles me fui, pero jamás olvidé tal experiencia.


Luego, 10 años después, volví y conocí mejor la región, fui a otros pueblos, entre los cuales se encuentra “Capacho”, único pueblo dividido en dos (Capacho viejo y Capacho nuevo), debido a su destrucción parcial por un terremoto, pero lo curioso es que en la actualidad, este pueblo está compuesto por dos municipios, por ende, tiene dos alcaldes. En Capacho nació el primero de los presidentes tachirenses que ha tenido Venezuela: Cipriano Castro, líder de un movimiento armado, llamado “Revolución Restauradora”, por el cual, a finales del Siglo XIX marchó a Caracas, junto a su compadre, Juan Vicente Gómez, nacido en un pueblito vecino de Capacho, llamado “La Mulera”.
Después de sendas victorias en el campo de batalla, Castro y sus andinos, se hicieron del poder, comenzado así lo que muchos historiadores llaman “La Hegemonía Andina”, la cual comenzó con el General Cipriano Castro, seguido por el General Juan Vicente Gómez, tras un golpe de estado. Luego de 27 años en el poder, muere Gómez y es sucedido en La Presidencia por el General Eleazar López Contreras. Cerrando este período histórico, el General Isaías Medina Angarita sale victorioso en unas elecciones indirectas y ejerció la Primera Magistratura por 4 años, hasta verse interrumpido por un golpe de estado, infringido por cierto, entre otros personajes civiles y militares, por un tachirense, quien luego se convertiría en Presidente de Venezuela: El General Marcos Pérez Jiménez.



Este período de casi medio siglo, marcó definitivamente la historia venezolana. Posteriormente hubo otros presidentes también tachirenses, pero éstos no formaron parte de la mencionada “Revolución Restauradora”, resaltando el período dictatorial del citado General Marcos Pérez Jiménez, cuando el país vivió una modernización y progreso económico vertiginoso, pero pagando un precio muy alto (violación de derechos humanos y persecuciones políticas).
Durante este viaje conocí un hermoso pueblo llamado Peribeca, el cual se ha convertido en uno de los destinos preferidos para los propios pobladores de este estado, a la hora de buscar esparcimiento y buena comida, sobretodo, los fines de semana. También conocí y visité pueblos muy bonitos como La Grita, Rubio, Queniquea, Lobatera y obviamente la capital del estado: San Cristóbal.
Lamentablemente, la cámara que poseía en esa época y los conocimientos fotográficos, eran muy básicos, por ende, quedé con el sabor en la boca, es decir, con la necesidad de captar y llevar conmigo todas esas imágenes de este estado, muy parecido a las locaciones de los cuentos infantiles.



Luego de casi 20 años desde la primera vez que pisé El Táchira, logré reencontrarme de nuevo con San Pedro del Rio y en esta oportunidad llegué bien apertrechado con mi cámara, hambrienta de imágenes. Mi impresión en esta oportunidad, fue mayor, debido a que el pueblo se encontraba prácticamente igual a cuando la conocí, con la misma apariencia y hasta con los mismos colores en muchas de sus casas e iglesia. Esta vez a mi sensación de entrar en una parte del Siglo XIX, se le unió un “flashback”, que me llevó por instantes a los años en que comenzaba mi adolescencia y transité con mi madre por esas calles empedradas.

Otra vez caminé por sus adoquines, totalmente solo, las niñas se refugiaban en sus casas como lo hicieron seguramente sus madres hace casi 20 años. Mi cámara captaba cada fachada, cada calle, y por supuesto, la esquina donde me habían retratado con mi madre, casi 2 décadas antes.
En mis investigaciones previas, encontré información de las fiestas decembrinas de este pueblo, las cuales están cargadas de colores, luces y pasión. Este sentimiento se lo imprimen los pobladores al jugar, de manera temeraria, un juego parecido al futbol, pero con un balón prendido en fuego, al que llaman: “La Bola E´ Candela”. Pero la temeridad no termina ahí, como si no les bastara, también hacen un muñeco similar a un toro o vaca y le prenden fuego a los pitones y así corretean a las personas por las calles.


Me llamó la atención que un pueblo tan extremadamente calmo y pacífico, tuviera ese tipo de tradiciones, ¿será que tanta explosión de adrenalina, deja extenuados a los Sampedranos y no recuperan energías sino hasta un año después?, cualquiera podría creer eso.
Al salir de San Pedro del Rio y de su encanto casi de otra dimensión, me reencontré con la ciudad de San Cristóbal. Una pequeña pero hermosa ciudad, con mezclas fascinantes, donde muchos de los Presidentes nacidos en este estado, han dejado huella en su arquitectura. Aquí podemos encontrar, desde iglesias góticas, hasta edificios con pronunciada influencia Art-Deco de los años 50.



Existe un edificación en particular que me llamó la atención, por su belleza enigmática, y por ser, por muchos años un verdadero monumento a la desidia. Me refiero al antiguo Hospital Vargas. Este nosocomio fue la obra cumbre del Gobierno Gomecista en este estado y fue inaugurado el 19 de diciembre de 1927, pero dejó de funcionar en 1958 al crearse el Hospital Central. Del flamante y antiguo hospital, hoy sólo queda su fachada, la cual, como si de un teatro se tratara, se le ha pintado y conservado sus detalles, pero atrás de su gran portón, sólo existe un espacio vacío, lleno de vagabundos, los cuales hacen su vida “detrás de bastidores”.


Adornando esta imponente fachada, se encuentra un parque muy hermoso y con una casita muy peculiar, parecida a la que podemos encontrar en un cuento de hadas.

Al principio, pensé que se trataba de un parque infantil, pero resulta que su función (cuando servía) era dejar salir de su casa a unos pequeños personajes, (muy parecidos a los compañeros de Blancanieves) justo cuando su reloj marcara ciertas horas del día. Razones suficientes, para que la gente bautizara este lugar como: “La Plaza de Los Enanitos”, aunque su verdadero nombre sea “Plaza Ríos Reyna”.


Cuando uno llega o sale de la ciudad de San Cristóbal y transita alguna de sus colinas aledañas, es inevitable pararse para apreciar la panorámica de la ciudad con sus contrastes tan marcados, su agradable clima y respirar ese aire puro de montaña que la caracteriza. Inevitable es, también, darse cuenta a primera vista, de un gusto muy profundo por el futbol.

Recuerdo que una de las edificaciones que más me llamó la atención, mientras apreciaba la vista de la ciudad, fue la Iglesia de “San Juan Bautista” en La Ermita. No sólo por su belleza y su imponente tamaño, sino por los colores de su cúpula, ya que son los mismos que luce el equipo de futbol local, el Deportivo Táchira, el cual desata pasiones y hasta devoción, casi religiosa por parte de sus fanáticos, de hecho a su estadio le dicen “El Templo”.

No sé si será por coincidencia, la presencia de los colores aurinegros tanto en la Iglesia como en el equipo, pero la sensación que tuve al momento de llegar y captar con mi cámara este majestuoso templo, es que el fútbol en este estado es un asunto casi divino, a diferencia del resto del país donde el deporte rey es el beisbol.
Mi sorpresa fue mayor, al encontrar por Internet, durante una investigación acerca del significado de la palabra ¨Toche¨, la cual es muy usada por los Tachirenses (a manera de muletilla o simplemente para descalificar a alguien) y descubrir que dicha palabra, es el nombre de un ave insectívora que vive entre Colombia y Venezuela y comparte con el equipo de fútbol y con La Ermita, los colores ¨Aurinegros¨.