7 ene. 2013

“Viejas Casonas, Testigos Mudos del Progreso“



Desde hace poco tiempo, alterno mi pasión fotográfica con el corretaje de bienes raíces. Unos días atrás se acercó a mi oficina, un anciano con bastón y sombrero tipo Panamá. Su apariencia era apacible y su expresión bondadosa. Antes de presentarse, me comunicó lo que requería de mi persona y de la inmobiliaria: Dar en alquiler una antigua casona en la población de Pampatar, a pocas cuadras de donde está ubicada mi oficina.
Procedí a escucharlo y comencé a indagar, recabando datos para levantar la información del inmueble. Luego de darme su nombre, lo asocié inmediatamente con uno de los fundadores de la democracia en Venezuela: Don Jóvito Villalba.

Repentinamente la conversación tomó un matiz histórico, con vetas nostálgicas. Aquel anciano pudo darse cuenta, por mi lenguaje corporal, que yo reconocía ese famoso nombre, razón por la cual,  me develó su parentesco con su tocayo: Don Jóvito  era su padre. Luego con ronca y taciturna voz me dijo:  “Esa era la casa del Viejo, y nosotros, sus hijos, no queremos que se pierda, como pasó con la de mi Tío Abuelo, en la siguiente esquina“. 
Con orgullo y con una luz en sus ojos, comenzó a darme la historia breve pero emotiva, de una casa y una cuadra donde la historia fue sacada de tajo por el modernismo, el cual, como un invasor indeseable, le arrebató su sagrado lugar.
El Sr. Villalba me contó, de manera jocosa, la vida de su padre y sus aventuras amorosas, las cuales, le dejaron una prole de 13 hijos, algunos de ellos naturales. Me comentó como esa edificación de casi 200 años se negaba a morir y cómo era celosamente cuidada, por una fundación casi sin recursos. También me habló de otra casa en la Plaza Mariño (la siguiente esquina), perteneciente a la familia, donde funcionó una botica y la cual yace actualmente en ruinas.

Frente a la antes mencionada plaza, sitio predilecto de pintores en la actualidad, se encuentra una antigua casona, donde funciona, actualmente, una galería de arte. El Sr. Villalba me contó como, la hoy en día llamada “Casa Amarilla“, albergó en 1817 al Gobierno Provisional de la recién creada República durante la Guerra de Independencia, y en ese mismo lugar el 12 de julio de ese mismo año, se firmó el Decreto que diera el nombre a Nueva Esparta (nombre actual del Estado Insular) , alegoría ésta, dada por la similitud de la gesta de la Batalla de Matasiete con la protagonizada por los antiguos Espartanos en Grecia, siglos antes.  

Al pasar un par de días, me cité con uno de los hermanos del Sr. Villalba, el Sr. Marino Luna, el cual, se desempeña en la actualidad, como Cronista del Municipio Maneiro (cuya capital es Pampatar).  Con él pude entrar en la antigua casona, donde una vez nació, creció y vivió hasta la década de los cincuenta, el Dr. Jóvito Villalba, fundador de nuestra democracia, junto con muchos otros héroes, que se enfrentaron a la tiranía de varios dictadores, desde muy temprana edad, provocándoles prisión, destierro y a veces, hasta la muerte a muchos de ellos. 
Entrar en los amplios salones, abrir las enormes ventanas, despertar las bandadas de murciélagos y descubrir los retratos familiares, así como algunos muebles y enseres, llenos de polvo y olvido, fue una experiencia casi fantasmal . Sentí que la casa hablaba, que trataba de contarme su historia casi bicentenaria. Cada paso, cada rincón tenia detalles fascinantes para mi cámara. La antigua cocina de leña, el antiguo teléfono, el aguamanil y las manchas de sal en las paredes (huellas provocadas por un antiguo almacén de sal continuo a la casa, ya inexistente).
Al salir de la casa, vi una foto de Don Jóvito Villalba, risueño, en sus años de madurez. Tuve la extraña sensación que ese retrato me agradecía, de algún modo, haber sacado del olvido esa solariega morada,  a través de mis fotos o con este relato.


 Luego me dirigí directamente a la “Casa Amarilla“, aunque ya la conocía por sus exposiciones y talleres de arte, quise verla y detallarla, además de fotografiarla. Sentí una gran indignación por no encontrar ni una pequeña reseña que indicara la importancia de esa edificación. Al conversar con el Sr. Luna, me contó, toda la lucha que él y un grupo de colaboradores, han llevado a cabo, contra aquellos que, enarbolando la bandera del progreso, han querido borrar las huellas históricas, con modernos complejos habitacionales y turísticos, o bien con restaurantes con fachadas discordantes con el diseño colonial de Pampatar. Al escuchar las sentidas palabras y anécdotas del Sr. Luna, recordé al pueblito del Hatillo, Estado Miranda, hoy convertido prácticamente en un centro comercial, de apariencia colonial, pero distante del tranquilo pueblo que solía visitar con mis amigos en mi adolescencia.

La Otra Vieja Casona
Coincidencialmente, unas semanas después de lo relatado anteriormente, realicé una visita a El Hatillo. Hacía más de un año, que no visitaba este pueblito con mi cámara. Recuerdo que en aquella ocasión, aproveché la oportunidad para tomar fotos del día a día de los Hatillanos, siendo testigo de la fusión de tradiciones, con el turismo, mayormente capitalino (gracias a la proximidad con Caracas). Incluso recuerdo que en esa ocasión tuvo lugar una estupenda exposición de autos antiguos en La Plaza Bolívar, la cual disfruté con mi cámara.
Durante esa visita dominical, entré a una famosa tienda de souvenirs, la cual alberga en sus amplios espacios, un sinfín de artesanías de las diferentes regiones del país. La experiencia de hurgar en sus rincones, se convierte en un rápido viaje cultural por Venezuela.



 Al salir de la tienda crucé la calle y visité un restaurant instalado en la azotea de una antigua casona del pueblo. En la puerta me recibió un muñeco disfrazado de mesonero, el cual engaña a muchos incautos por su realismo. En el foyer del mencionado restaurant, los propietarios instalaron un pequeño espacio dedicado a la historia de la radio y la televisión de Venezuela. Me refiero al Restaurant Betty Croquer y el Museo Pancho Pepe Croquer ( famoso locutor deportivo y conductor de autos de carreras). Pasado más de un año y aprovechando la temporada decembrina, volví a visitar El Hatillo y el citado museo, esta vez pude dedicarme a disfrutar, con detenimiento, cada uno de los aparatos radioeléctricos y cámaras antiguas, así como discos de acetato y fotos de personalidades de la Radio y TV en Venezuela, también pude ver un pequeño estudio de radio que transmite actualmente por Internet desde estas instalaciones.


Mientras curioseaba pude ver una pared que recordaba haber visto en mi anterior visita y cuyo escrito, no había podido leer por falta de luz (estaban cerrando), en él reza la procedencia de la casa (Construida en 1870 y donde vivió durante 90 años la Señorita Marceliana), el nombre de los propietarios actuales (Familia González Croquer la adquirió en 1997) así como, un emotivo y breve relato del esfuerzo, llevado a cabo por esta familia,  buscando rescatar la esencia de lo antiguo y lo tradicional.

Este hecho me hizo pensar, en cómo este pequeño pueblo, pasó de ser una pequeña comarca de pocas familias procedentes de Las Islas Canarias, a ser hoy en día un paraje turístico y comercial, así como un polo de desarrollo inmobiliario de la llamada Gran Caracas.  
Este pueblito agrícola, fundado en 1784, hoy está, prácticamente engullido dentro de un caos urbanístico.  Testigo, casi incólume, de este proceso, es la Capilla de El Calvario (construida originalmente de paja y bahareque por su fundador Baltazar de León en 1766) así como la Iglesia de Santa Rosalía de Palermo ( construida posteriormente en 1784).



El Hatillo, tiene razones suficientes,  para sentirse orgulloso de su pasado. Debido a que, de la mano del Capitán Manuel Escalona, fue una de las primeras poblaciones en declararse independiente del Imperio Español, en el año 1810. 
Aunque la idea inicial de Los Hatillanos, al marchar  junto a Escalona hasta Caracas, fue apoyar al Capitán General Empáran, ante la rebelión que estaba enfrentando el 19 de abril del mencionado año 1810, luego, ese mismo día,  se anexarían a la corriente independentista con gallardía. 
En la actualidad, sólo queda una plazoleta con el busto del Capitán Escalona, así como una calle y un liceo con su nombre, pero nada que recuerde su legado, ni la historia antes relatada.

Son pocos Los Hatillanos, o pobladores de sus urbanizaciones, que conozcan algo de la historia de este pequeño pueblo. Su crecimiento ha sido tan vertiginoso, sobretodo los últimos 25 años, que pocos saben, que dentro de su jurisdicción, específicamente en El Encantado, funcionó la primera central hidroeléctrica de Venezuela y de Latinoamérica (instalada en 1895, por Don Ricardo Zuloaga), convirtiéndonos así, en pioneros en la generación de la energía eléctrica en el Mundo.

Siempre es bueno conocer nuestro pasado, para entender el presente y poder planear nuestro futuro, conservando nuestro legado y progresando ordenadamente, como lo han hecho las grandes ciudades del Mundo.
Escuchemos siempre, lo que nos quieren decir, las viejas casonas.